San José, Costa Rica


Desde el Cristal


Walter L. López

Cuentos de angustias y paisajes

Por Walter L. López (q.d.D.g.),
Vicepresidente Ejecutivo
Movimiento Solidarista Costarricense

 

Carlos Salazar Herrera (1906-1980) fue uno de los mejores cuentistas de nuestro país y sigue siéndolo porque nos dejó un legado invaluable de cuentos.

Este libro al que hago alusión "Cuentos de angustias y paisajes" de seguro usted lo leyó en el colegio por eso quise recordárselo.

Los cuentos de Carlos Salazar me gustan porque reflejan al campesino costarricense y la mezcla étnica que hay en nuestro país.

Reflejan además la naturaleza, las casas, el río, el estero, el rancho, las montañas, los barriales, la lluvia, los caminos difíciles, los bueyes, el caballo como medio de transporte y el machete no sólo para cortar la maleza sino también para "matonear" a alguien.

Además, me gusta porque los finales de sus cuentos son tristes y a veces irónicos, impredecibles.

Yo quisiera compartir uno de los cuentos que más me gusta y que sinceramente cada vez que lo leo se me humedecen los ojos.

EL CALABAZO

Un día cualquiera, Tito Sandí abandonó su hogar.

Dejó un papel:

"Me voy, no me busquen. Los quiere, Tito."

Hubo muchas conjeturas entre los vecinos..

"¡Qué extraño! Un hombre tan bueno, tan trabajador, tan cariñoso con su familia. ¿Otra mujer?... ¡Imposible! Tito Sandí adora a su esposa y a su parejita de niños. ¿Qué pudo haber pasado?"

Zoila, la esposa de Tito, quedó abatida; no obstante se hizo cargo, con ingenio y diligencia, de la administración de unas cuantas manzanas de tierra que dejó su marido, las cuales producían lo suficiente para vivir.

Hecha de adobes, troncos y tejas, en el regazo de una colma, estaba la casa, cuya fachada daba al Poniente.

En los atardeceres de marzo, el sol veíase del tamaño de una rueda de carreta pintada con minio, y llenaba la casa de armonías cromáticas; colores planos, audaces y cálidos, como los cuadros del pobre Cauguin.

Y el tiempo pasó, y pasó a grandes zancadas, dejando huellas permanentes en las cosas y en los sentimientos; y desde que Tito se fue, cinco veces el verano derramó colores sobre la casa, sin que se tuviese noticias del ausente, hasta que, cierta calurosa tarde, llamó a la casa de Zoila un hombre desconocido. Era un hombre tranquilo, algo viejo y algo enigmático. Parecía un santo de madera con todos los surcos de la gubia; una figura de caoba que hablaba, que hablaba despacio, muy despacio, en voz baja y con frases cortas, separadas por silencios angustiosos.

-Buenas tardes... ¿Es usté la señora Zoila de Sandí?

-Pa' servirle.

-Gracias, igualmente. Yo me llamo Juan José Zarate, amigo de su esposo Tito Sandí.

-¿De veras? ¿Sabe usté dónde está él?

-Sí, señora. . ,

-Pase adelante y se sienta, tenga la bondá.

-Gracias... ¡Qué calor est'haciendo!

-Mucho, sí señor.

-... Todos tenemos penas en esta vida. ¿Verdá?

-Sí, mas hay que tener paciencia.

-Así debe ser. Pero mientras haya salú...

-Eso es lo principal.

-... ¿Qué tal están sus chiquitos?

-Muy bien, a Dios gracias.

-Se llaman Tito y Zoila, como ustedes, ¿verdá?... Me lo dijo su esposo... ¡Uf! ... ¡Qué calor!

-¿Quiere un vaso de agua?

-No, señora. Muchas gracias.

-... Pero, ¡dónd'está él?

-¿Quién?

-Tito Sandí, mi marido.

-¡Ah! ... Sí... Muy lejos, por onde llaman Curridabá ... Se quedó allí... Allí quedó.

-Y dígame, ¡por amor de Dios!, ¿por qué no viene?, ¿por qué no m'escribe?, ¿por qué nos abandonó?, ¿qué hace?, ¿qué tal s'encuentra? ¡Cuénteme algo d'él, pronto, por favor! ¿No sabe que hace cincuaños m'estoy muriendo por saber algo de Tito? El ambiente estaba como saturado de sensiblerías. Juan José Zarate, con los labios apretados, levantó despaciosamente la cabeza y.se puso a recorrer con sus miradas las vigas del techo. Tornó a bajar la vista y, sin mirar a Zoila, dijo con voz más lenta aún, casi en secreto, con frases cortas y siempre separadas por silencios angustiosos:

-Hace tres días... se murió Tito Sandí. Murió... murió leproso... Poco antes de morir me contó que cuando supo que estaba... así, abandonó la familia pa'no pegarle l'enfermedá. Dicen que se pega, pero no es cierto. Tito me dijo qu'él ere que hizo bien. Que no le contó nada a usté, porque usté no lo hubiera dejado irse. Que a la par d'él, siempre hubieran vivido ustedes con miedo... Me dio las señas d'esta casa, y me pidió que viniera a contárselo todo. ¡Ah!, y que no les manda nada, porque no tiene nada que mandarles. Después me dijo una cosa muy rara... y muy bonita:

"Que si pudiera mandarles algo, seria un calabazo llenito de lágrimas."

Cuando Zoila de Sandí se descubrió la cara, que había ocultado entre los pliegues de su delantal, ya Juan José Zarate se había marchado, sumergido en un ocaso como nunca.

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